Jaleo Real

(de la serie Cuentos por el estilo)

con flor lila
Tiempo atrás conocí a un apicultor que tenía diez colmenas de las cuales extraía una miel maravillosa. ¿O eran once? Bueno, tenía unas cuantas colmenas, con muchas abejitas, incontables ellas, siendo muchas un número bien grande.

Aquel apicultor, adoraba su trabajo. Por esa razón llamarlo trabajo no sería lo más adecuado. Digamos entonces que hacía esta tarea con tanto amor que no precisaba estar mirando el reloj para terminarla y poder irse a descansar. Se sentía una abeja más entre todas las demás. Ellas jamás lo atacaron y él pudo ocuparse de recolectar la miel que ellas producían con total tranquilidad.

Laura Fordes

Todo parecía ir de forma normal, hasta que un día, sin previo aviso, sucedió algo inusual. Como de costumbre, lo inusual nunca se anuncia antes. En ese día particular, distinto de los demás, el apicultor tuvo un pensamiento que jamás antes había surcado su mente.

El apicultor cuyo nombre no puedo recordar, se dio cuenta de que tal vez si él no se apoderara de la miel, ellas no trabajarían tanto porque producirían sólo lo necesario para ellas y no para que él pudiera hacer dinero.

Cuando ese pensamiento le apareció dentro de su cabeza, su vida cambió para siempre. El pensamiento no sólo estaba en su cabeza sino también fuera de ella, porque lo vio pasearse delante de sus ojos, lo vio surcando el cielo, en las nubes, lo vio en el aire que respiraba y en toda la dimensión en la que él vivía.

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El apicultor cuyo nombre acabo de recordar (Mielo Colmenares) se sintió culpable por haber elegido esa tarea para ganar dinero.  Se sintió, en verdad, muy mal consigo mismo. No comprendió cómo le tomó tanto tiempo darse cuenta de la realidad. Él era el responsable de que ellas trabajasen más de lo que precisaban, mucho más.

Es que hay estudios que prueban que una cucharadita pequeña como las de café o té, llena de miel, es el resultado del trabajo de toda la vida de unas diez abejas o más. Para poder recolectar un kilo de miel se necesita la labor de 2.500 abejas que recorrerán entre 40 y 100 kms cada día. Unos 8 mil kilómetros de vuelos y un promedio de un millón y medio de flores (depende de la variedad, claro) son necesarios para cosechar el néctar que nos dará tan solo un kilo de miel.

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De pronto todos los datos necesarios para entender cómo obtenemos la miel se hicieron visibles para Mielo Colmenares. No es que no supiera al respecto, pero nunca se había detenido a verlo desde la perspectiva de una abeja. Y eso es justamente lo que le sucedió.  Se sintió de pronto una abeja obrera viviendo de 5 a 6 semanas y trabajando para producir menos de una décima parte de una cucharadita de miel.

Melisa AilahtanSe deprimió tanto que se sacó los guantes, el sombrero con red y toda su ropa especial para apicultores y se acostó en el pasto a llorar y llorar. Lloró toda la tarde, la noche, la mañana siguiente. Lloró días y noches, semanas enteras que nadie contó pero cuentan que fueron muchas. Nadie sabía por qué lloraba tanto el pobre hombre ya que no podía siquiera pronunciar una palabra. Sus vecinos intentaban consolarlo. Su esposa, sus hijos, sus perros, sus gatos, sus patos, todos intentaban consolarle. Pero el pobre apicultor seguía llorando. Su llanto era como la lluvia cayendo intensamente, mojándolo todo. En donde caían sus ríos de llanto, todo se volvía más húmedo y se podía ver crecer a las plantas a una gran velocidad. Las flores se abrían y perfumaban el aire, llevando lejos la fragancia que invitaba a mariposas, insectos de todo tipo y pájaros a disfrutar de su néctar. Las abejas estaban maravilladas con tanta flor surgiendo casi que de la nada, gracias al llanto del triste apicultor.

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Se sabe que las abejas danzan en la entrada de la colmena y de acuerdo al tipo de baile las demás saben a qué distancia están las flores y en qué dirección. Pero al ver y oler tantas flores abrirse a tan sólo unos aleteos de distancia, las abejitas estaban de fiesta. No así el triste apicultor Mielo Colmenares que no paraba de llorar, a pesar de las tentativas de todos para que no se sintiera mal.

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Pero, como todo pasa, algo pasó. Una abeja reina se posó sobre su gran nariz y cientos de abejitas vinieron a zumbarle cerca de sus oídos. Ninguna venía a clavarle un aguijón. Él no necesitaba su traje para protegerse. Lo había usado por años, pensando en que podían hacerlo, y ahora podía estar en medio de ellas sin esa “defensa”. La energía del zumbido del enjambre le produjo tal electricidad en todo el cuerpo que hizo que en pocos segundos aquel hombre estuviese de pie y con una vitalidad que nunca antes había sentido. De pronto su cara se tornó en la de un niño inocente y lleno de vida.

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Las abejas parecían empujarlo desde atrás en dirección a un galpón a pocos metros de la casa. Allí entró el sorprendido apicultor Mielo Colmenares, quien no daba crédito a lo que veía. Posó sus ojos en una estantería quedando paralizado y con la boca tan abierta que algunas abejas entraban y salían de ella sin que éste ni siquiera lo notara.

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Decenas de frascos que antes estaban vacíos, ahora estaban llenos de miel, y él no había hecho absolutamente nada. No había recolectado la miel, no tenía cómo hacerlo en las condiciones en que se encontraba. Y creo que al sentirse tan mal por la revelación de ese pensamiento que lo invadió, su decisión habría sido la de no dedicarse nunca más a tal tarea. Como decía, decenas de frascos llenos de rica miel estaban frente a sus ojos, y se encontraba rodeado de zumbidos y aleteos que contagiaban esta inusual electricidad. Sonrió, se secó los ojos, pero no duraron secos ni por un segundo ya que de éstos siguieron emanando lágrimas, sólo que esta vez eran de dicha.

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De ahí en adelante, las abejas elaboraban miel cuando y cuanto ellas querían. Y si no deseaban hacerlo, por supuesto que también estaba perfecto. La labor del apicultor pasó a ser la de dedicarse por completo a embellecer los alrededores con flores de variadas especies y colores, con aromas que inundaban el aire y atraían a la familia de abejas para gozar del maravilloso néctar.

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¡Eso es lo que yo llamo una relación perfecta, en la que todos ganan, en la que todos gozan! La relación de las abejas con el apicultor, la del apicultor con las flores y la de las flores con las abejas colaborando para que la vida sea una verdadera luna de miel con jaleo y jalea real.

Bzzzzzzzz (fin)

abeja pintada

Mariana Ingold ©2018


the_beekeeper_acrylic_on_canvas61x61cm_by_rodulfo_db0x3y1-pre  bees_61x61_acrylic_on_canvas_and_paper_2017_by_rodulfo_db0x3eh-pre.jpg BLUE ONE Rodulfo luisa-azevedo-surrealism-photography-9  Luisa Azevedo dos abejas Melisa Ailahtan Laura Fordes Laura Fordes No conozco los autores de algunas de las imágenes que embellecen esta historia, pero me gustaría.


(English version)

Bee Free

con flor lila

Some time ago I met a beekeeper who had ten beehives from which he extracted a wonderful honey. Or were they eleven? Well, he had a few hives, with a lot of bees, countless of them, many being a very large number.

That beekeeper loved his work. For that reason calling it work would not be the most appropriate. Let’s better say that he did this task with such love that he did not need to be looking at the clock to finish it and be able to go to rest. He felt like one more bee among all the others. They never attacked him and he was able to take care of collecting the honey they produced with total trust.

Laura FordesEverything seemed to go normally, until one day, without warning, something unusual happened. As usual, the unusual is never announced before. On that particular day, different from the others, the beekeeper had a thought that had never before crossed his mind. The beekeeper whose name I can not remember but buzzes in my ears, realized that maybe if he did not take the honey, they would not work so much because they would produce only what was necessary only for them and not so that the beekeeper could make money.

When that thought appeared to him inside his head, and also outside of it, because he saw it everywhere he looked, he saw it furrowing the sky, in the clouds, he saw it in the air he breathed, in all the dimension in which he lived, that thought changed his life forever. the_beekeeper_acrylic_on_canvas61x61cm_by_rodulfo_db0x3y1-pre

The beekeeper felt guilty for choosing that task to earn money. He felt really bad about himself. He did not understand how it took him so long to realize reality. He was responsible for them to work more than they needed, much more.

Studies say that a small teaspoon, those for coffee or tea, full of honey is the result of the life work of about ten bees. In order to collect a kilo of honey you need the work of 2,500 bees that will travel between 40 and 100 km each day. About 8 thousand kilometers of flights and an average of one and a half million flowers (depending on the variety, of course) are necessary to harvest the nectar that will give us only one kilo of honey.

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Suddenly all the necessary data to understand how we obtain the honey became visible for the beekeeper. Not that he did not know about it, but he had never stopped to see it from a bee’s perspective. And that is what happened to him. He suddenly felt a worker bee living for 5 to 6 weeks and producing less than a tenth of a teaspoon of honey.

dos abejasHe became so depressed that he took off his gloves, his hat with a net and all his special clothes for beekeepers, and he lay down on the grass to mourn and cry. He cried all afternoon, all night, the next morning. He cried days and nights, whole weeks that nobody counted but there were many. No one knew why the poor man cried so much because he could not even say a word. His neighbors tried to comfort him. His wife, his children, his dogs, his cats, his ducks, all tried to comfort him. But the poor beekeeper was still crying. His crying was like rain falling intensely, wetting everything. Where the rivers of tears fell, everything became more humid and you could see the plants grow at a great speed. The flowers opened and perfumed the air, offering the fragrance that invited butterflies, insects of all kinds and birds to enjoy their nectar. The bees were amazed with so many flowers emerging almost from nothing, thanks to the cry of the sad beekeeper.

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Ususally, bees dance at the entrance of the hive and according to the type of dance the others know how far the flowers are and in which direction. But these bees, seeing and smelling so many flowers opening up just a few flutters away, were partying. Not so the sad beekeeper who did not stop crying, despite everyone’s attempts to not feel bad.

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But, as everything stops happening, something happened. A queen bee perched on his big nose and hundreds of little bees came to buzz near his ears. None came to sting him. He did not need his suit to protect himself. He had used it for years, thinking they might do it, and now he could be with them without that “defense”. The energy of the swarm produced such electricity throughout his body that in a few seconds the man was standing up with a vitality he had never felt before. Suddenly his face turned into that of an innocent child full of life.

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The bees seemed to push him from behind in the direction of a shed a few meters from the house. There came the surprised beekeeper who could not believe what he saw. When he put his eyes on a shelf he was paralyzed and his mouth was so open that some bees entered and left it without him even noticing.

abeja reina

Dozens of jars that were once empty, were now full of honey. And he had not done anything, he had not collected the honey, he had no way to do it in the conditions he was in. And I think that when feeling so bad about the revelation of that thought that invaded him, his decision would have been to never again engage in such a task. As I was saying, dozens of jars filled with rich honey were in front of his eyes, and he was surrounded by buzzing and fluttering that created this unusual electricity. He smiled, wiped his eyes, but tears continued to flow from them, only this time they were tears of joy.luisa-azevedo-surrealism-photography-9

From then on, the bees made honey when and how much they wanted. And if they did not want to do it, it was also perfect, of course. The work of the beekeeper was to devote himself completely to embellishing the surroundings with flowers of varied species and colors, with aromas that flooded the air and attracted the family of bees to enjoy the wonderful nectar.

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That’s what I call a perfect relationship, in which everyone wins, in which everyone enjoys! The relationship of bees with the beekeeper, that of the beekeeper with the flowers and that of the flowers with the bees collaborating so that life is a true honeymoon with commotion and royal jelly.

Bzzzzzzzz ( the end)

abeja pintada


the_beekeeper_acrylic_on_canvas61x61cm_by_rodulfo_db0x3y1-pre  bees_61x61_acrylic_on_canvas_and_paper_2017_by_rodulfo_db0x3eh-pre.jpg BLUE ONE Rodulfo

luisa-azevedo-surrealism-photography-9 Luisa Azevedo

dos abejas Melisa Ailahtan

Laura Fordes Laura Fordes

I don’t know the name of some of the authors of the images, but I’d like to.

 

 

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