El toro y el torero

Erase hace un tiempo un torero muy admirado por su destreza en burlarse de los toros, o mejor dicho, torturarlos. Admirado por la gente rara que gusta de admirar tal barbaridad.

Un día, dicho torero estaba en la plaza de toros demostrando lo que para él era su talento, su gran virtud,  frente a miles de personas entre las cuales habían gobernantes, actores famosos, abogados, médicos, zapateros, y todo tipo de gente. Entre ese todo tipo de gente estaban los que se hacen llamar rey y reina. Ese día, como tantos otros cuando aparecía ante el público, recibió una sonora ovación, cosa a la cual ya estaba muy acostumbrado y por lo tanto se creía muy especial. Pero de pronto, algo distinto sucedió. Al torero se le cruzó un pensamiento que vaya a saber uno de dónde vino. Ese pensamiento que vaya uno a saber de dónde vino, no sólo se le cruzó sino que se apoderó de él. Ese pensamiento que no sólo se le cruzó sino que se apoderó de él fue el siguiente: “¿será que al toro le gusta esto?”

Esa pregunta tan simple, tan obvia, tan natural, esa pregunta que nunca antes se le había ocurrido, y que nunca hubiera imaginado que podía siquiera asomarse en su mente, hizo que algo cambiara para siempre. El torero se quedó contemplando esa pregunta completamente inmóvil, duro, sin mover un músculo, sin pestañar, perplejo. Su rostro se convirtió de pronto en una máscara fija, quieta, con el gesto más triste que una cara pueda hacer. Una tristeza tan grande se apoderó del torero que a pesar de no poder moverse, las lágrimas comenzaron a caer, de a una, hasta que su cara quedó empapada. El llanto se hizo tan intenso que comenzó a emitir un sonido jamás oído antes por los presentes. Lloraba tan desconsolado el torero, que todos callaron para escuchar aquel llanto desgarrador. Callaron hasta que comenzaron a contagiarse de a uno, dos, tres hasta que todos, todos los presentes empezaron a llorar y siguieron llorando por no sé cuánto tiempo. Hombres, mujeres, niños, los gobernantes, los artistas famosos, los zapateros, los que se hacían llamar rey y reina, las palomas que pasaban, todos lloraban. Todo estaba empapado de llanto y ya nada quedaba seco. Eran ríos de lágrimas que creaban cascadas de tristeza en la plaza de toros. Tanto era el llanto que salía de la plaza que hacía resbalar a los transeúntes, a las bicicletas y hasta los coches. Las calles de la ciudad se convirtieron en ríos de tristeza.

Al ver esta escena tan desgarradora, el toro, que era el único que no lloraba, se acercó al torero. Podría haberlo matado de una cornada en ese mismo instante, pero no lo hizo. Se acercó tanto que su cara quedó justo frente a la del torero. Cuando éste lo vio pensó que era su fin, sintiendo que iba a ser castigado por haber matado a tantos toros. Iba a pagar por haber considerado eso como su trabajo, por haber cobrado dinero por hacerlo, por haber hecho de esa barbarie una inverosímil diversión para un público enfermo, por haber considerado esa atrocidad un arte.

Sintió de pronto alivio, sintió que era justo que todo finalizase con su muerte. Decidió entregarse a su fin aceptando que el toro hiciera lo que debía hacerse, honrando a quien sería en breve su matador.

Estaban tan cerca el uno del otro que casi se tocaban. El toro miró al torero directamente a los ojos. El torero se vio entonces en los ojos del toro. Y el toro siguió viéndose en los del torero. Se quedaron tanto tiempo mirándose que se hizo de noche y otra vez de día. Algunos se fueron yendo, llorando a mares, empapados en lágrimas. Otros no pudieron irse porque el llanto no los dejaba moverse. Quienes se quedaron tuvieron la posibilidad de ser testigos de lo que sería la primera vez en que dos especies se veían, o mejor con mayúsculas, se Veían.

No se sabe mucho más de esta historia, pero sí que es cierta y que esa fue la última corrida de toros en la Tierra. Se sabe también que en la plaza de toros ahora se hacen conciertos de muy buena música. Se comenta además que el toro y el torero se hicieron uno y partieron juntos en un viaje a la constelación de Tauro.

Libres los toros, disfrutan de los verdes valles, mientras los ex toreros estudian música, hacen crochet y hablan de filosofía, entre otras cosas importantes de la vida. Los que se hacían llamar rey y reina, limpian los baños de la ex plaza de toros, donde entran miles de personas todos los días, no sólo para asistir a los conciertos, sino para escuchar esta historia relatada por una de las palomas que solía frecuentar el lugar y que fuera testigo de lo acontecido.

Lo recaudado de la venta de entradas se destina a garantizar que a los toros que ahora disfrutan de los verdes valles, no les falte nunca nada.

Mariana Ingold ©2018

toro 11

 

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